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Ansiedad: avisos y funciones Ansiedad: avisos y funciones Ansiedad: avisos y funciones Ansiedad: avisos y funciones

Funciones de la ansiedad

Las emociones disponen y orientan hacia  determinadas actitudes y acciones, articulando eficazmente -no siempre-  percepción, cognición, fisiología, afectos y conducta. Todo ello,  dependiendo, básicamente, de los resultados/ expectativas relacionados con alcanzar/conservar lo deseado y alejarse/minimizar lo indeseable, con unos medios y en unas circunstancias.

La ansiedad constituye, por un lado un sistema de alerta que nos avisa de que algo requiere nuestra atención o consideración. Para entendernos, cumpliría en términos psicológicos, una función parecida a la del dolor en términos físicos. A nivel físico el aviso podría ser un dolor de  cabeza, sentirnos cansados, notar los músculos cargados y el asunto en cuestión podría requerir  de alguna acción o medida, o no. La ansiedad nos advierte de posibles riesgos, necesidad de recursos extra,  incompatibilidades, contraindicaciones, amenazas.

Más allá de esta función de advertencia, la ansiedad nos dispone a actuar al respecto: atender e indagar sobre el asunto, valorar la importancia y consecuencias, vigilar, disponer recursos, etc.

El registro emocional de la ansiedad se proyecta en la dimensión Desactivación-Atención –Alerta-Alarma, en función de la percepción de la gravedad, inminencia, probabilidad de ocurrencia del riesgo, por un lado, y de la disponibilidad percibida  de recursos para hacerlo frente.

En lo referido a su función disposicional y operativa,  la ansiedad  propicia diferentes tipos de acciones movilizadoras. Veamos las más importantes, ejemplificándolas  ante la realización de un concurso-oposición:

  • Advertir, tomar conciencia de las consecuencias positivas/negativas del resultado de  la prueba, vigilar  que nuestrosderechos no están conculcados en la convocatoria, en su caso reclamar, que cumplimos con los requisitos exigidos, estar atentos a procedimientos, plazos.
  • Prepararse, ponerse en las condiciones físicas o psicológicas necesarias para la afrontar  la prueba, el proceso hasta que se celebre y  los esfuerzos y renuncias exigidas. Capacitarse, adquirir conocimientos, entrenarse, establecer controles.
  • Buscar apoyos, hacerse con medios materiales o personales a sumar a los nuestros:  ir a una academia o contar con un preparador personal, comprar libros o apuntes.
  • Prevenir,  preparar las cosas necesarias para un fin, tomar precauciones por adelantado para evitar un daño: Hacer una programación que nos permita acabar y repasar el temario, disponer medidas que nos comprometan a hacerlo, contar con recursos económicos para sobrevivir el periodo de preparación y asegurarnos el tiempo necesario para hacerlo. Prever, disponer con antelación medios para disminuir los efectos negativos de algo, alternativas si no se superara la prueba satisfactoriamente.
  • Afrontar,  ponerse en disposición de hacer frente a una situación de cierta dificultad como  realizar el examen escrito u oral, concentrarse , templar el estrés y los nervios.
  • Establecer prioridades en el uso de recursos y esfuerzo: renunciar, posponer o dejar bajo mínimo otras actividades o intereses, para favorecer  el estudio y la preparación adecuados. Inhibir/ bloquear otras actividades no compatibles o inconvenientes en un momento dado.
  • Luchar, hacer valer,  defender nuestro examen, superar objeciones.
  • Protegerse de posibles invalidaciones, impugnar preguntas,  procedimientos o resultados incorrectos, que pudieran desfavorecernos, al amparo de las leyes,  asociarse con otros
  •  Evitar  ir al examen, llegado el momento,  si no nos hemos preparado  lo suficiente, o escapar, abandonar,  si una vez dentro, la dificultad supera a la que podemos hacer frente con alguna probabilidad de éxito.

Muchas cosas  nos van bien  gracias a la ansiedad que,  bajo las condiciones adecuadas,  mejora nuestro rendimiento y adaptación al medio.

La ansiedad se torna disfuncional

  • cuando  es desproporcionada, compromete la salud y el bienestar o la autonomía.
  •  cuando interfiere de manera significativa en el normal desarrollo de las actividades de la persona (estudio, trabajo, vida social, vida familiar, ocio).
  • cuando se instaura el mecanismo de “miedo al miedo”: Las manifestaciones de la ansiedad se convierten en su principal disparador.
  • cuando dentro de las funciones de la ansiedad, se activa recurrentemente alguna inadecuada al caso, en lugar de las más  funcionales o convenientes. A medida que el   registro emocional se polariza hacia el estado de alarma, se ven más favorecidas las respuestas más primarias y reactivas ( evitación, huida, irritabilidad, parálisis).
  • cuando se imponen y sistematizan las formas de afrontamiento reactivas, impulsivas, inmediatas, frente a las proactivas, estratégicas y de alcance.
  • cuando se confunde  el afrontamiento de la emoción y sus efectos con el del problema:  arrascarse sobre la herida, pretendiendo reducir el picor y el escozor, en lugar de centrarse en el cuidado de la herida o, en su caso de lo que la origina; también, hacer a la par unas cosas y otras.

Realizar una terapia psicológica te ayudará a superar tu problema de ansiedad de una manera más rápida y eficaz.

Contáctanos y te informamos:

Clínica de la Ansiedad en Barcelona: 93 226 14 12607 507 097.

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Correo electrónico: info@clinicadeansiedad.com

Fuente: Clínica de la Ansiedad. Especialistas en el tratamiento de la ansiedad.[:]

Ansiedad: redistribución de recursos

El organismo cuenta con recursos limitados, con los que tiene que hacer frente a todo lo que se presente y, por tanto, administrarlos con algún criterio y regla de prioridad.

Se enfrenta, pues, a un problema similar al que, en muchas ocasiones, nos encontramos como personas. Así, con los recursos económicos con los que contamos, tenemos que atender a los diversos asuntos/servicios que nos conciernen o interesan. Si la comunidad de vecinos acuerda el pago de una derrama para arreglar la fachada, y, por otro lado, el coche se ha estropeado y necesitamos otro para trabajar, es probable que, para atender esos gastos, tengamos que reducir otros o dejarlos bajo mínimo.

Volviendo al organismo, ¿qué pasaría si, media hora después de comer copiosamente, nos pusiéramos a jugar un partido de competición de baloncesto? Para jugar a baloncesto ¿a dónde tiene que afluir la sangre (oxígeno, hidratos de carbono)?. A los músculos, al propio sistema cardiovascular y respiratorio. La digestión, por otro lado, es una función compleja, larga, que requiere de una alta afluencia de sangre. Estas dos demandas, exigentes y simultáneas, ponen en conflicto los recursos, capacidad de provisión y distribución del organismo, repercutiendo en sus funcionalidades.

Jugaríamos a baloncesto por debajo de nuestra marca y posibilidades, nos fatigaríamos más y tendríamos menos resistencia, dado que los recursos de oxigenación no son los óptimos, pues una parte de ellos se están detrayendo para otras funciones. Tendríamos dificultades de anticipación y reactividad, más probabilidades de lesionarnos…. Por otro lado, por motivos similares, las funciones digestivas se verían repercutidas negativamente: más molestias, peor funcionalidad.

En el caso de la ansiedad y el estrés ¿a qué zonas del organismo habrían de acudir preferentemente los recursos transportados por el torrente sanguíneo? Dado que el sistema nervioso autónomo está activando las condiciones fisiológicas que nos dispongan a las respuestas de lucha, huida, o parálisis, los recursos se destinarán preferentemente a, casi, los mismos centros que para jugar a baloncesto (con el agravante de que, en el caso de la ansiedad y el estrés, la respuesta motora no se va a desencadenar, lo que, de suyo, va a generar otros problemas).

Cualquier deportista o entrenador trata de evitar el referido conflicto distanciando convenientemente la hora de comer y la de competir. Pero, el partido de la ansiedad y el estrés ¿a qué hora empieza? ¿cuánto dura? Con frecuencia, la administración de recursos por parte del organismo se complica, puesto que las funciones de la ansiedad y su preparación coinciden con otras… Tanto mayor sean la exigencia y duración respectivas, el conflicto entre funciones y sus efectos serán más altos, pasando de una contraindicación a una incompatibilidad.

Así sucede, para poner otro ejemplo, a nivel cerebral. El cerebro consume sobre el 20-25% del oxígeno que tomamos, a pesar de, en proporción, su escaso peso. En el caso de la ansiedad y el estrés, lo podríamos ver con pruebas de neuroimagen, ¿a dónde afluye la sangre fundamentalmente? A las áreas encargadas de la respuesta emocional primaria, la activación de ciertas memorias, la coordinación motora… Si afluyen más recursos a esas áreas, otras quedarán en precario, bajo mínimos ¿cuáles? Áreas prefrontales y otras relacionadas con el procesamiento superior de la información y toma de decisiones, que se verán comprometidas, con operatividad limitada.

Estos conflictos a nivel de la fisiología y metabolismo básicos tienen su expresión también en otro tipo de recursos: perceptivos, atencionales, etc .

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Fuente: Clínica de la Ansiedad. Especialistas en el tratamiento de la ansiedad.

Ansiedad, el papel de la evolución

La finalidad de la ansiedad es proteger al organismo y sus intereses. Si nos encontramos ante una situación de peligro (fuego en el edificio, por ejemplo) tenemos que estar preparados para una acción inmediata, necesitamos que en nuestro cuerpo se produzcan una serie de cambios, encaminados a superar con éxito la situación (escapar de la llamas, sobrevivir).

Nuestro actual mecanismo de defensa es heredero del que como especie hemos ido desarrollando a lo largo de miles de años de evolución. Los peligros a los que estaban expuestos nuestros antepasados estaban ligados a la supervivencia y a funciones primarias de lucha y huida (luchar contra los animales, competir contra otros humanos, correr, pelear, esconderse…). Todas estas, son acciones que requieren una activación muscular alta. En la actualidad hay muchos peligros que no se resuelven atacando o luchando pero, sin embargo, seguimos conservando el componente de alta sobre-activación motora cuando interpretamos que una situación es peligrosa. Este mecanismo nos sirve ante situaciones que puedan representar un peligro para la supervivencia, menos frecuente en nuestros días, pero también nos sirve para afrontar otro tipo de “peligros” que ponen en riesgo algunas metas u objetivos importantes para nosotros (rendimiento académico y laboral, buena adaptación social, buen cuidado de la salud…etc). Si la activación no es demasiado elevada, la ansiedad cumple una razonable función adaptativa ante estas circunstancias ya que nos prepara, nos alerta y nos dispone a conseguir los objetivos antes nombrados. El problema se presenta cuando la activación es excesiva para tales circunstancias.

El encargado de coordinar dicha activación motora y todos los cambios físicos que supone es el Sistema Nervioso Autónomo (SNA), también conocido como Sistema Nerviosos Vegetativo. Conozcámoslo un poco mejor antes de detallar la respuesta de lucha-huida.

El SNA forma parte del sistema nervioso periférico. Es un sistema involuntario que se encarga de regular funciones tan importantes como la digestión, la circulación sanguínea, la respiración y el metabolismo. Entre sus acciones están: el control de la frecuencia cardíaca, la contracción y dilatación de vasos sanguíneos, la contracción y relajación del músculo liso en varios órganos, la acomodación visual, el tamaño pupilar y secreción de glándulas exocrinas y endocrinas.

El sistema nervioso autónomo se divide en dos subsistemas que tienen funciones diferentes:

  • El sistema nervioso simpático: se encarga de preparar al cuerpo para la acción y la producción de la energía que necesita. Para ello libera dos productos químicos (la adrenalina y la noradrenalina), que desencadenan una respuesta completa, es decir, se experimentan todos los síntomas que componen la respuesta de ansiedad (lucha y huida).
  • El sistema nervioso parasimpático: su acción produce efectos opuestos al sistema nervioso simpático. Propicia la desactivación, la recuperación y restauración del organismo. Favorece el almacenamiento y la conservación de la energía. Lo hace a través de la acetilcolina, un neurotransmisor.

Una vez conocido el Sistema Nervioso Autónomo volvamos a la descripción detallada de la Respuesta de lucha y huida. Decíamos que es un tipo de respuesta que nos prepara para hacer frente a los peligros, luego ¿qué pasa cuando nuestro cerebro (corteza cerebral, amígdala) interpreta que estamos ante una situación peligrosa?. Se comunica con el Sistema Nervioso Autónomo, que activa su rama simpática, propiciando una serie de cambios físicos para preparar al organismo para luchar o huir.

La ansiedad es una emoción caracterizada por el sentimiento de miedo, temor, aprensión, inseguridad, como consecuencia de que el individuo siente amenazados sus intereses, cuenta con medios insuficientes, tiene dificultades para emitir las conductas adecuadas, desconfía de sus capacidades, se muestra insatisfecho del éxito alcanzado, o tiene problemas para mantener dichos logros.

Si recordamos una vez más la definición de ansiedad –alerta del organismo ante situaciones consideradas amenazantes- se nos plantea la cuestión de cómo el organismo considera una situación como amenazante, es decir, cómo procesa la información a partir de la cual se ha de generar o no el estado de alerta y las respuestas que correspondan al caso.

Dicho procesamiento se produce en tres etapas (Beck y Clark,1997):

  • 1ª etapa: Evaluación inicial de la amenaza. Se da un reconocimiento automático e instantáneo de los estímulos y se les clasifica como amenazantes o no.
  • 2ª etapa: Activación primitiva frente a la amenaza. Tras la evidencia inicial de peligro se ponen en marcha las respuestas cognitivas, emocionales, fisiológicas y conductuales características de la ansiedad.
  • 3ª etapa: Pensamiento reflexivo. Evaluar la exactitud de su valoración inicial de amenaza, y la disponibilidad y la eficacia de sus recursos para afrontarla.

Así pues, a nivel del sistema nervioso autónomo, el organismo se prepara para acciones motoras, con las implicaciones fisiológicas correspondientes, sean o no necesarias para el afrontamiento del tipo de problema que tenemos. Cuando no son necesarias, o incluso restan recursos a las funciones, producen desconcierto en la persona que las experimenta, pues no ve relación o analogía entre lo que pasa en el cuerpo y los problemas que tiene. Esta disonancia cognoscitiva, es fuente de diversas interpretaciones y suposiciones: estaré desarrollando una enfermedad grave, el organismo me boicotea, no tengo en control sobre mí mismo ni sobre el entorno.

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Fuente: Clínica de la Ansiedad. Especialistas en el tratamiento de la ansiedad.[:]

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Regulación emocional

Ansiedad y otras emociones asociadas

La ansiedad, junto con el estado de ánimo deprimido, son estados emocionales que se presentan con mucha frecuencia cuando una persona está sufriendo. En algunos casos, estos estados emocionales configuran el núcleo del problema de la persona, como en el caso de los trastornos de ansiedad y de los trastornos del estado de ánimo, pero en otros casos son una consecuencia de otro tipo de problemáticas.

Desde esta perspectiva, es decir, desde los factores que contribuyen o se asocian a la ansiedad, queremos comentar las emociones más comunes que pueden provocar ansiedad, mantenerla o aumentarla.

  • Culpa: experimentamos culpa cuando creemos que hemos hecho algo mal, en contra de nuestros valores, o cuando hemos cometido algún error del que nos creemos responsables. La culpa, si aparece de manera proporcionada a la situación y está realmente justificada, nos ayuda a reflexionar, a aprender y a reparar el daño si fuera posible o necesario. Pero cuando nos hacemos responsables de “todo” sin ser cierto, cuando exageramos el posible daño o error cometido, la culpa aparece de manera intensa y desproporcionada. Esta culpa no nos ayuda a aprender ni reflexionar, no tiene una utilidad real, no le podemos dar salida, y generalmente provoca unos niveles elevados de ansiedad.
  • Inseguridad: la inseguridad, si se presenta sin engañarnos, es decir, en una situación en la que realmente no tenemos las habilidades, capacidades o conocimientos suficientes para afrontar la situación, nos ayudará a actuar con cautela, precaución y lentitud, para asegurar una buena ejecución y resultado. Pero si en realidad somos capaces de hacerlo y aparece la inseguridad, nos interferirá más que ayudarnos, nos provocará una tensión y ansiedad innecesarias y contraproducentes. Ejecutaremos con duda, miedo y ansiedad, y con poca confianza en los resultados, y la inseguridad y ansiedad se afianzarán y se alimentarán mutuamente, generando de nuevo dudas, miedo, inseguridad y ansiedad ante una situación futura.
  • Preocupación: preocuparnos de una manera razonable sirve para anticipar dificultades, planificar, organizar, calcular y tener preparadas alternativas. Preocuparnos de una manera exagerada o pensar habitualmente en lo peor, generará un grado de ansiedad elevado que interferirá en nuestra tarea de anticipar, planificar, organizar y calcular. Un nivel de ansiedad medio, que es el que aparece ante un grado de preocupación razonable, agudiza nuestros sentidos y nos ayuda a “pensar y calcular más y mejor”. Las preocupaciones catastrofistas (que en realidad son muy poco probables), desencadenan elevados grados de ansiedad, poco útiles, y además la búsqueda de soluciones se verá alterada porque normalmente poco se puede hacer ante la catástrofe. Lo único que podremos hacer es sufrir y esperar que suceda, y eso es igual a ansiedad intensa.
  • Rabia: la rabia, la ira, el enfado…si aparecen con una intensidad adecuada nos ayudan a enfrentar situaciones donde nuestra integridad, bienestar o respeto se ven amenazados. Nos aporta el valor y la energía para detener a…, o enfrentarnos a…, en definitiva, para afrontar algún tipo de “agresión o injusticia”. Pero cuando la rabia es excesiva, en vez de ayudarnos a detener esa ”agresión o injusticia”, provocará que seamos excesivamente reactivos o generará una cantidad de tensión en nosotros totalmente innecesaria que aumentará o provocará ansiedad. Una rabia desproporcionada desencadena una respuesta excesiva que aumentará la probabilidad de conflicto, y en vez de ayudar a detenerlo lo empeorará.
  • Exigencia: la exigencia desmesurada es uno de los grandes generadores de ansiedad y está en la base de muchos problemas de ansiedad. Exigirnos demasiado nos genera unas expectativas difíciles de cumplir, cuando no inalcanzables, produce presión y por tanto nos estresa y provoca ansiedad. La exigencia, en dosis adecuadas, nos ayuda a rendir, a cumplir con nuestros objetivos, a concentrarnos y focalizarnos, a ser precisos y exhaustivos con nuestro trabajo.
  • Vergüenza: la vergüenza a priori podría parecer una emoción que no nos aporta nada, pero en realidad cumple una importante función de inclusión social o pertenencia al grupo. Todo grupo social tiene una serie de normas o reglas. Cuando estamos en riesgo de incumplir esas normas, y por tanto ser rechazados, la vergüenza cumple su función, inhibiendo comportamientos y conductas que generarían ser apartados del grupo. Pero a veces la vergüenza se presenta cuando en realidad no estamos incumpliendo ninguna norma y en vez de ayudarnos nos interfiere en nuestra interacción social, nos preocupa, angustia, y provoca ansiedad.

En terapia, con técnicas y estrategias de la orientación psicológica cognitivo-conductual y de regulación emocional, logramos una mejor comprensión y manejo de estas y otras emociones. Así conseguimos aprovechar las ventajas adaptativas que nos ofrecen nuestras emociones sin el perjuicio de la ansiedad y el estrés que provocan cuando se presentan de manera desbordada

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Ansiedad: avisos y funciones

Ansiedad y avisos: exigencia, perfeccionismo, control y responsabilidad

La ansiedad es un sistema de alarma que se activa ante circunstancias interpretadas como negativas, difíciles, preocupantes o peligrosas. Viene a advertirnos de los “peligros” y a su vez a prepararnos para reaccionar ante ellos de la mejor manera.

Cuando la ansiedad aparece genera un gran malestar en nuestra vida. La primera reacción, como es lógico, para la mayoría de personas, es querer que desaparezca, dejar de sentir ese miedo, esas sensaciones físicas tan desagradables, volver a recuperar nuestro bienestar. Este es un objetivo lícito y comprensible, pero también conviene mirar otros aspectos: ¿por qué tengo ansiedad? ¿por qué ha aparecido? ¿qué me dice la ansiedad?.

Para cada persona y para cada situación la respuesta será distinta, pero hay algunos aspectos comunes o frecuentes, que muchas personas experimenta, y que nos aclaran esas dudas. No hablaremos aquí de cuestiones relacionadas con nuestra infancia ni nuestros “traumas” que, si bien pueden influir, no siempre son la causa, y en muchas ocasiones no nos aportan soluciones. Dicho de otro modo, no todas las personas con ansiedad tienen “traumas”, y en caso que los haya, no siempre explican lo que les sucede.

Existen varias posibles causas de la ansiedad, entre ellas, aparece con frecuencia la exigencia elevada, la necesidad de control, el perfeccionismo y la responsabilidad excesivas. Estas características por si mismas no son ni buenas ni malas, serán o no adaptativas en función del grado en el que se manifiesten y en las situaciones en que se activen. En muchas personas con ansiedad, la exigencia, el control, el perfeccionismo y la responsabilidad toman un protagonismo excesivo y acaban produciendo ansiedad. Podríamos decir que la ansiedad viene a advertirnos de la gran tensión que esta generando pretender conseguir tal grado de control, o resultados (exigencia y perfeccionismo), o asumir tan alta responsabilidad.

No estamos diciendo que los únicos motivos de la ansiedad sean estos, existen otras causas y otros factores que contribuyen a que se desarrolle y se mantenga. Pero si conviene, si se tiene ansiedad, revisar estos puntos por si estuvieran influyendo.

¿Qué puedo hacer entonces?

Lo primero es mantener una actitud abierta ante la posibilidad de que esté siendo demasiado exigente, o adquiriendo demasiada responsabilidad, y marcándome expectativas y metas demasiado elevadas. Esta perspectiva de “actitud abierta” es relevante porque muy a menudo se experimenta subjetivamente todo lo contrario. Es decir, las personas que se exigen excesivamente tienen precisamente la sensación opuesta, sienten que no están logrando y consiguiendo lo que deberían, que no están haciendo suficiente y que deberían hacer más. Las personas que están procurando tenerlo todo bajo control, no distinguiendo que es asumible y razonable tener bajo control y que cosas no dependen de ellos, suelen tener la sensación de que las cosas están descontroladas y no logran sentirse seguros/as. Las personas que asumen como responsabilidad propia cualquier cosa negativa que ocurra, sienten que deberían haber hecho algo ante esa circunstancia, que son responsables, sin valorar su implicación real y su responsabilidad lógica y objetiva, y acaban sintiendo que han fallado.

Lo segundo es comenzar a plantearse ciertas cuestiones e intentar responder de una manera objetiva, es decir, poniéndose en la perspectiva de que le dirían a otra persona y no tanto a si mismos/as.

Estas cuestiones podría ser:

  • ¿Es realmente cierto que debo conseguir esos resultados? ¿Eso mismo lo vería posible para otras personas?
  • ¿Se puede controlar todo? ¿Pretendo controlar todo? ¿Realmente estaré más tranquilo/a queriendo controlar aspectos que probablemente no dependen de mí?
  • ¿Qué me sienta responsable o culpable quiere decir que lo sea? ¿A otra persona le pondría ese mismo peso o carga de responsabilidad, o diría que no es razonable?
  • ¿Se requiere realmente que esté todo perfecto en este trabajo/tarea…? ¿Aunque lo sienta así, para lo que es o sirve, es necesario invertir tanto tiempo y esfuerzo? ¿No sucede que me acabo bloqueando por buscar la perfección? ¿Me quedaré satisfecho/a alguna vez si mis expectativas son de perfección?

Estas podrían ser algunas preguntas sobre las que reflexionar para valorar si me estoy sobrepasando en mis demandas, sea por exigirme un resultado inalcanzable, sea por buscar la perfección aun sabiendo que no se requiere, sea por querer controlar aquello que no depende de mí, sea por hacerme responsable de cosas sobre las que no tengo influencia.

Cuando esto sucede, la ansiedad viene a decirnos que nos estamos excediendo en nuestras expectativas, que nos estamos pidiendo demasiado, que nos estamos tensionando mucho sin darnos cuenta. Por eso aparece.

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Qué nos dice la ansiedad: asertividad, valores y autoestima

De las diferentes causas o motivos que pueden provocar que la ansiedad aparezca, en este texto nos centraremos en aquellas relacionadas con la asertividad y los valores, y la repercusión que todo ello tiene en la autoestima.

La ansiedad, aún siendo sumamente desagradable, lejos de pretender mermar nuestro bienestar, viene a informarnos de algunos desajustes que está detectando.

Podríamos definir brevemente la asertividad como la capacidad/habilidad para defender nuestros derechos, expresar nuestras necesidades y manifestar nuestro malestar o desacuerdo (poner límites y decir no), respetando a su vez a los demás. La no asertividad se compone precisamente de lo contrario, y ocurre cuando la persona no pone límites, acaba haciendo cosas que realmente no quiere, no expresa o exige sus necesidades y antepone el bienestar de los demás al suyo. Si esto ocurre de manera puntual o poco frecuente, no tiene mayor repercusión. Pero si esta manera de relacionarnos con los demás es un tipo de comportamiento habitual, entonces si que puede desencadenar problemas. La ansiedad viene a avisarnos de este comportamiento habitual poco respetuoso y cuidadoso hacia nosotros/as mismos/as. Viene a decirnos que en realidad no estamos a gusto ni conformes con nuestra manera de actuar y con las repercusiones que se derivan, ya que la persona poco asertiva acaba demasiado a menudo involucrada en situaciones u obligaciones que no quiere, ni en realidad desea, poniendo por delante de ella el bienestar de los demás. La ansiedad viene a decirnos que nuestros deseos y derechos se están viendo afectados y que nos estamos alejando demasiado de nuestro bienestar y equilibrio.

Algo parecido ocurre cuando nos desviamos demasiado de nuestros valores. Es cierto que no siempre podemos actuar con la fidelidad hacia nosotros mismos/as que desearíamos, pero tal y como comentábamos con la asertividad, si esto es puntual, su efecto es menor y no hay mayor problema, pero si nos vemos abocados, bien por imperativos internos o externos a comportarnos y actuar lejos de nuestros valores, es probable que la ansiedad entre en escena. La manera como queremos vivir y compartir nuestra vida, relacionarnos con los demás y el entorno, nuestra manera de ver el mundo, conforman nuestros valores. Cuando estos valores se ven amenazados, solemos actuar para volver a ellos y retomar un camino en el que nos sintamos mejor con nosotros/as mismos/as. Sucede a veces que no percibimos que nos estamos desviando, o que no le damos la importancia real que tienen, o que nos vemos “obligados” a caminar en direcciones desviadas de estos valores. En esas circunstancias la ansiedad se activa para hacernos notar que algo está ocurriendo y que deberíamos poner remedio. Viene a decirnos que estamos “olvidando” o dejando demasiado de lado nuestra manera de ver la vida y aquello que le da sentido y significado.

Tanto la falta de asertividad, así como alejarnos de nuestros valores (siempre y cuando esto sea algo frecuente), pueden provocar, a parte de ansiedad, una baja autoestima. La autoestima tiene una íntima relación con la asertividad. Actuar respetándonos a nosotros/as mismos/as, conforme lo que deseamos realmente y en consonancia con nuestros valores fortalece nuestra autoestima y la confianza en nosotros/as. Y alejarnos de este autorespeto y valores repercute negativamente en ella.

Es importante resaltar que en este artículo nos hemos centrado únicamente en asertividad, valores y autoestima, pero que la ansiedad no se limita a aparecer exclusivamente cuando estos aspectos se ven comprometidos. La ansiedad aparece por múltiples causas y factores, y se manifiesta de diferentes maneras en cada persona. De ahí la relevancia de recibir una atención personalizada en relación a los problemas de ansiedad que la persona manifieste. Un tratamiento psicológico cognitivo-conductual, ofrece un contexto adecuado en el que se obtendrá un análisis y comprensión detallados de los problemas, así como estrategias y técnicas psicológicas “a medida” para superar esos problemas.

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