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Interacciones contraproducentes

Introducción. Interacciones contraproducentes entre actos de afrontamiento: Incompatibilidades y contraindicaciones

Miller, Galanter y Priban (1960) en un capítulo dedicado a la integración de planes se formulan algunas preguntas: ¿Cómo coordinamos varios planes en el unitario flujo de conducta de que disponemos? ¿Cómo decidimos si un plan nuevo es compatible con los que ya estamos haciendo? ¿Qué relación guardan nuestros múltiples planes con el sinnúmero de papeles que debemos desempeñar en la sociedad?. Ejecutamos algunos subplanes para crear las condiciones bajo las cuales otro subplán o acción es relevante ¿Hasta que punto son intercambiables los subplanes?.

No siempre resulta fácil saber si dos actos son incompatibles entre sí. Miller, Galanter y Priban, en la obra citada, distinguen entre aquella persona que se queda atrapada entre planes en conflicto y aquella que se ve apresada entre motivos contradictorios. En el primer caso es necesario que no sea consciente de que sus planes están en conflicto, en tanto que, en el segundo, quizás sea dolorosamente consciente de que sus deseos son incompatibles. Parece que esa primera persona se está frustrando deliberadamente a sí misma, pero no puede descubrir por qué. Sabe que hay algo erróneo, pero no puede descubrir de que se trata. Los dos planes quizás estén mutuamente aislados de forma que esa persona nunca tenga ocasión de contrastar el uno con el otro.

Trasladándonos al terreno de los planes o estrategias de acción frente a la ansiedad, Lazarus y Folkman (1984) ya pusieron de manifiesto al hablar de las relaciones entre las funciones de afrontamiento dirigidas al problema y las dirigidas a la emoción que pueden afectarse entre sí, facilitando o impidiendo cada una la aparición de la otra.

En la clasificación de las interacciones contraproducentes entre actos de afrontamiento de la ansiedad, distinguimos entre Incompatibilidades, referidas a interacciones entre actos cuya realización impide la de otros al mismo tiempo, y Contraindicaciones, referidas a procedimientos que ejecutados o no simultáneamente se afectan en su proceso o resultado de modo contradictorio, perturbador o perjudicial.

Referencias bibliográficas

MILLER, G. A., GALANTER, E., y PRIBAN, K. H. (1960). Plans and the Structure of Behavior. Holt, Rinehart and Winston, Inc. Ed. Española (1983): Planes y Estructura de la Conducta. Madrid: Debate, S. A.

LAZARUS, R. S., y FOLKMAN, S. (1984). Stress, Appraisal and Coping. Nueva York: Springer Publishing Company, Inc. Ed. Española (1986): Estrés y procesos cognitivos. Barcelona: Martínez Roca, S. A.

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Fuente: Baeza Villarroel, J.C. (1994) ISBN: 84-490-0131-5. Clínica de la Ansiedad. Barcelona y Madrid

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Interacciones contraproducentes

Ansiedad: Exposición versus conductas de seguridad

Tradicionalmente, desde los postulados del conductismo como modelo teórico, experimental y terapéutico, el estudio y tratamiento de la ansiedad se ha basado en las leyes del condicionamiento clásico y en el instrumental. El primero, terapéuticamente hablando, daría lugar a las técnicas de contra-condicionamiento y el segundo a las de exposición. Bajo el paradigma instrumental, la evitación y la huida son formas de afrontamiento del miedo encaminadas a controlar las condiciones aversivas del medio (externo o interno).

La psicoterapia conductual, en el abordaje de muchas alteraciones neuróticas relacionadas con la ansiedad -en particular fobias y trastornos obsesivo-compulsivos-, fundamenta el tratamiento en las técnicas de exposición, que consisten básicamente en procurar que el paciente entre y permanezca en contacto con la situación temida, tolerando la angustia que ello conlleva, hasta que ésta disminuya, y así reiteradamente hasta que pueda exponerse a la situación sin experimentar miedo.

La exposición integra un conjunto de procedimientos que van desde la desensibilización progresiva, que es la forma más gradual de exposición, hasta la inundación, donde el paciente se enfrenta con la situación temida en la realidad y de golpe. Técnicas como la implosión, donde el paciente imagina las escenas que le provocan un intenso miedo; la intención paradójica, donde al paciente se le prescribe la vivencia, exageración o reproducción de los propios miedos o síntomas; y otras como el modelado con refuerzo, el reforzamiento encubierto, la inoculación al estrés, la prevención de respuesta, responden también al mismo principio, aunque muchas veces desde formulaciones teóricas y diferentes.

No siempre hay acuerdo entre los especialistas sobre dónde radica el mecanismo terapéutico de estas técnicas. En el ámbito conductual se postula dos posibilidades, a veces, complementarias: la habituación y la extinción. En un caso y en otro desaparecen las respuestas ostensibles de evitación, la ansiedad subjetiva y la sintomatología neurovegetativa, bien porque el paciente compruebe la inocuidad del medio y éste pierda sus propiedades aversivas o bien porque el paciente se habitúe no sólo a miedos concretos, sino a tolerar experiencias y sentimientos desagradables. Desde una óptica cognitiva, las técnicas de exposición posibilitarían experiencias correctoras que conducirían a disconfirmar los pensamientos y expectativas negativas o alarmantes que originan o sostienen los miedos.

No obstante, se producen diversos fracasos en la terapéutica por exposición. La mayoría de ellos por rechazo del tratamiento, abandono prematuro, o seguimiento incorrecto de las prescripciones. Sin embargo, una minoría de pacientes no consiguen habituarse o reducir significativamente la ansiedad mediante la exposición en vivo, aunque cumplan perfectamente las instrucciones del tratamiento, no se encuentren deprimidos y no tomen sedantes, ni alcohol. Parece ser que, por razones aún no bien comprendidas, las personas deprimidas no responden bien a las técnicas de exposición. Los antidepresivos estarían indicados, junto con la exposición, en pacientes obsesivo-fóbicos con estado de ánimo deprimido, mientras que la exposición sola sería el tratamiento de elección para los no deprimidos. La dependencia de alcohol o ansiolíticos (secundaria o no) es un obstáculo a la generalización o transferencia del aprendizaje y los resultados al estado de sobriedad, por lo que se prohíbe su consumo o se reduce a tomas mínimas.

Diversos estudios han puesto de manifiesto que las llamadas Conductas de Seguridad podrían estar detrás de algunos de los fracasos de la exposición como técnica terapéutica. Se trata de estrategias de afrontamiento emitidas por los pacientes para reducir la ansiedad y el malestar psicológico frente a estímulos fóbicos. Citamos a continuación algunos ejemplos:

  • En personas con crisis de pánico/agorafobia: sentarse cerca de la puerta en el cine, de forma que resulte más fácil salir; desplazarse por recorridos donde haya hospitales, farmacias, tiendas abiertas, donde pudieran ser socorridos; llevar una botella de agua encima para refrescarse, corregir la sensación de boca seca, u obstrucción en la garganta; caminar cerca de la pared o llevar algún objeto que pudiera servir de apoyo en un momento dado; agarrarse fuertemente de la oreja o la mano, etc.
  • En pacientes con ansiedad social: ponerse una camiseta que enjugue el sudor; ponerse maquillaje que disimule el sonrojo o colocarse en lugares más oscuros o sombreados; cruzar los brazos para prevenir el temblor; etc.
  • En personas que padecen algún trastorno obsesivo: métodos de afrontamiento supersticioso; auto-diálogos o contra-argumentaciones, etc. En la ansiedad generalizada: realizar llamadas de teléfono tranquilizadoras; comprobaciones, etc.
  • En pacientes con temores hipocondríacos o con ansiedad por la enfermedad: disminuir el esfuerzo físico o su intensidad, que podrían alterar la tasa cardíaca o al respiración; tomar algún alimento “protector”. Algunas estrategias son comunes a varios trastornos: llevar medicación ansiolítica encima, llevar el teléfono consigo, distraerse mediante diversos procedimientos, ir acompañado.

Hay abundante evidencia –Marks (1991); Craske y Barlow (2002; 2001); Cox y otros ((1992); Bados (2001); Baker (1989); Wells y otros (1995) de que estas estrategias de seguridad, citadas también a veces por otros nombres como afrontamiento parcial, afrontamiento desadaptativo, estrategias defensivas, o inútiles, interfieren notablemente en la efectividad de la exposición, malogrando sus resultados. Por este motivo son consideradas como prácticas antiterapéuticas. Se considera que si bien inicial y temporalmente producen cierto alivio del miedo y del malestar, a medio y largo plazo mantienen la ansiedad y la evitación. El uso de estos afrontamientos parciales parece eficaz a corto plazo, lo que le proporciona una validez aparente (Peñate y otros 2006): La persona es capaz de resistir el estímulo fóbico (frente a las estrategias evitativas o de escape), sin embargo la información proporcionada por estas conductas actúa como un mecanismo reforzante de las mismas, con lo que adquiere un valor discriminativo de cuándo, cuánto y en que circunstancias se puede abordar el estímulo fóbico.

Como venimos observando a lo largo de estas páginas no es infrecuente que el paciente combine diferentes estrategias de afrontamiento en su afán por regular la ansiedad y sus consecuencias. En un afrontamiento efectivo las diversas estrategias actuarían de forma complementaria sin interferirse entre sí. Aunque el afrontamiento busca la eficacia, ésta no siempre se alcanza, sea por imperativos del medio, falta de recursos (cognitivos, conductuales, materiales, etc.), u otras razones.

Por nuestra parte (Baeza, 1994), hemos observado que algunos fallos de la exposición como técnica encaminada a provocar la extinción de la ansiedad pueden ser debidos al efecto de simultanear la exposición con algunas formas de auto-regulación de los síntomas: centrar la atención en el control y seguimiento de los síntomas, antes que en las señales aversivas del medio donde se presentan, y servirse de estrategias (inmovilizarse, respirar con un determinado ritmo, moverse total o parcialmente de una forma predeterminada, apoyarse sistemáticamente en ciertos puntos, mantener firmemente una determinada orientación espacial, etc.) capaces (o tomadas por tal) de provocar cierto alivio o control. Los datos parecen indicar que los procedimientos con que los sujetos trataban de regular o contener la ansiedad, o alguna de sus manifestaciones, frente a situaciones temidas, interfieren en los procesos de habituación a la situación o en la extinción del miedo, como lo prueba el hecho de que éstas últimas acontecieron (habituación-extinción) cuando se renunció o impidió la práctica de los procedimientos “tranquilizadores”.

Se trataría, pues, de un problema de interferencia entre formas inicial y perentoriamente efectivas para el afrontamiento de la emoción ansiosa y sus manifestaciones neurovegetativas (fuente de temores sobre la pérdida de control, salud, etc.) y los procesos subyacentes a la exposición por los cuales el medio, interno o externo, pierde sus condiciones aversivas o el paciente se habitúa a ellas.

Así pues, en el marco de la Terapia Cognitivo-Conductual, lo que comúnmente se recomienda en libros de texto y manuales de intervención terapéutica es que las conductas de seguridad sean inhibidas o abandonadas. Desde una perspectiva cognitiva, se argumenta que las conductas de seguridad pueden ser anti-terapéuticas porque impiden la ocurrencia de experiencias disconfirmativas del peligro. Un ejemplo sería el lavado de manos, frente al temor de contaminarse; o las conducta de tragar saliva, frente a la sensación de obstrucción en la garganta, para comprobar o asegurar que no se obstruya.

A pesar de las evidencias sobre el efecto contraproducente de las conductas de seguridad, algunos estudios y experimentos (Rachman 1986,2008; Powers el al., 2004; Milosewic y Radomsky, 2007) ponen de manifiesto que las conductas de seguridad pueden ocasionalmente facilitar la exposición y contribuir a la reducción del miedo, facilitando cambios a largo plazo en los síntomas y el pensamiento, sin impedir las experiencias disconfirmativas del peligro, ayudando a corregir interpretaciones y expectativas negativas, y reduciendo los altos niveles de abandono de los tratamiento. Se considera que podrían ser especialmente útiles en las primeras etapas del tratamiento, muy particularmente en pacientes con altos niveles de ansiedad, y ofrecer potenciales ventajas:

  • Incrementar la aceptabilidad y la tolerancia de los tratamientos.
  • Proveer al paciente de una mejor sensación de control.
  • Incrementar la cooperación del paciente con el tratamiento.
  • La exposición podría ser más larga y fácil.
  • La sensación de seguridad permitiría al paciente aprender mejor la información correctora de la situación.

Quedaría por establecer con claridad, en qué casos, bajo qué condiciones, y en qué circunstancias puede hacerse un uso racional y provechoso de las conductas de seguridad, de forma que faciliten la reducción del miedo, sin generar conductas desadaptativas de evitación, y propicien la disconfirmación de pensamientos irracionales.

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Fuente: J. Carlos Baeza Villarroel. Clínica de la Ansiedad. Psicólogos y psiquiatras. Especialistas en el tratamiento de la ansiedad. Barcelona, Madrid y online.

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Interacciones contraproducentes

Rol de actor versus rol de espectador

Con este título nos referimos a una interacción contraproducente entre actos de afrontamiento de la ansiedad, perteneciente al grupo de las incompatibilidades, que se produce como consecuencia de la interferencia entre la ejecución de una tarea y la evaluación simultánea y sistemática de su modo de desempeño.

Así sucede, por ejemplo, cuando en el transcurso de un encuentro sexual, preocupados por nuestra respuesta y temerosos de que se produzca algún fallo, estamos pendientes de si la erección es buena o mala, si la compañera sexual se habrá dado cuenta, etc.; o en el desarrollo de una conferencia sobre determinado tema, estamos pendientes de evaluar la seguridad y aplomo con que estamos hablando, la fluidez verbal, etc.

Nos estamos refiriendo a una práctica muy común en los trastornos de ansiedad, consistente en llevar a cabo una actuación -rol de actor- a la par que, simultáneamente, se ejerce de crítico o analista de la misma -rol de espectador- desde diferentes prismas.

Se trata de verse desde fuera, por los ojos de los demás, como a través de un espejo o monitor de televisión. La finalidad es apreciar, monitorizar, el efecto que producimos -con atención preferente a los más temidos- e intentar corregirlos sobre la marcha.

Es básicamente una operación de control de imagen, vinculada al control de la evaluación. Un proceder que raramente ocurre si se está solo, y apenas ante amigos o familiares incondicionales, pero que tiende a aumentar a medida que aumenta el número de personas que observan, la distancia afectiva respecto a ellas, la autoridad que tienen o la valoración que les concedemos.

Los efectos contraproducentes se producen como consecuencia de la interferencia, inhibición recíproca y a veces bloqueo entre diferentes campos atencionales y operacionales, de modo que algunas tareas o partes substanciales de las mismas se vuelven irresolubles bajo esas condiciones. Se incrementa así el sentimiento de impotencia y dificultad, disminuye la autoeficacia y se reactiva la ansiedad.

En todos estos casos el sentimiento de ridículo y absurdo se potencia. Imagínese, por ejemplo, lo que sucedería si, bailando con un grupo de personas, el juego que jugamos no es tanto escuchar la música y expresar los movimientos rítmicos que nos provoca, cuanto atender a la mecánica de la propia agitación, muecas o contorsiones; es probable que se produzca una sensación parecida al absurdo que se produce si viendo un baile por televisión quitamos la música, con el agravante de que somos nosotros los protagonistas y los otros el jurado.

La interacción simultánea rol de actor / rol de espectador nos coloca constantemente en situación de pasar examen y a los otros en el papel de supuesto tribunal, con actitud fiscalizadora. Esta circunstancia aumenta la ansiedad y es capaz de convertir actos incluso de por sí placenteros en incómodos o aversivos.

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Fuente: Baeza Villarroel, J.C. (1994) ISBN: 84-490-0131-5. Clínica de la Ansiedad. Madrid y Barcelona

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Ansiedad: Pretensión de control consciente sobre repertorios automáticos o automatizados

«Si ordeno, decía (el rey) corrientemente, a un general que se transforme en ave marina y el general no obedece, no será culpa del general. Será culpa mía» (Antoine de Saint-Exupéry, El Principito).

Es probable que la ansiedad altere la ejecución de repertorios de conducta, incluso algunos que normalmente salen solos sin que medie la conciencia en su producción, ya sea por tratarse de respuestas autónomas, o bien automatizadas tras un proceso de aprendizaje y entrenamiento.

La ansiedad puede comprometer o dificultar la escritura, sea manual o dactilográfica, la articulación y fluidez del habla, la atención y concentración, la respuesta sexual, la conciliación del sueño, y prácticamente cualquier acción.

El sujeto entonces pierde parte de la eficacia habitual y aumenta la desconfianza en sus recursos y posibilidades. Alertados por el incremento de errores, algunos pacientes deciden, entonces, someter a control directo y voluntario acciones o secuencias de acción que normalmente venían produciéndose automáticamente, sin esfuerzo consciente de realización, en el marco de programas de acción más generales. Así, es posible que la persona afectada trate de regular voluntariamente la respuesta de erección, regular el movimiento de los dedos al escribir a máquina ordenando cada movimiento al dictado de un plan teórico de actuación (como cuando aprendía a escribir), y comprobando la impresión correcta de cada carácter o palabra; forzar la concentración, de modo que en realidad se esté concentrando sobre el propio fenómeno de la concentración, en detrimento de lo que teóricamente quiere atenderse, forzar el sueño, actividad que en la práctica impide conciliarlo; operar sobre el idioma habitual prefigurando mentalmente cada fonema, palabra o frase y la consiguiente disposición del aparato fonador (de modo parecido a como se hace cuando se inicia el aprendizaje de idioma extranjero).

Estos procedimientos convierten la tarea en irresoluble, es decir, abocada al fracaso, con la consiguiente obstaculización del plan general donde se encuentra articulada. Como quiera que suela aplicarse más solución de la misma, se incurre en una circularidad que se autoalimenta indefinidamente.

Se pueden disponer voluntariamente, eso sí, algunas condiciones que posibiliten la ocurrencia de eventos como los referidos anteriormente, pero no provocarlos directamente. Así, por ejemplo, para facilitar la conciliación del sueño se puede procurar el aislamiento de estímulos auditivos o luminosos, regular la temperatura de la habitación, adoptar una posición cómoda de reposo, etc. pero no imponer el sueño.

El problema del control consciente sobre repertorios automatizados es un caso particular de otro más general consistente en querer tener presente en cada momento y en cada paso de la secuencia de acción el por qué de lo que se hace, cómo se está haciendo y cómo está resultando, cuestiones que, aunque fundamentan la acción, han de ser provisionalmente relegadas al olvido para poder ejecutarse correctamente. Aquí los efectos contraproducentes no se producen necesariamente por ser, aisladamente, actos contraproducentes, sino por las múltiples incompatibilidades que generan tanto desde el punto de vista de la lógica de desarrollo de la acción como de los planes sobre los que se opera.

Los errores, las dudas sobre la pérdida de la normalidad y la razón, la sensación de extrañeza, conducen al paciente a establecer este híper-control que le lleva a comportarse constantemente como instructor, guardián y juez de sí mismo en su vida y actos habituales. Simultáneamente a su producción.

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Fuente: Baeza Villarroel, J.C. (1994). ISBN: 84-490-0131-5. Ilustración: Francisco García. Clínica de la Ansiedad. Madrid y Barcelona

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Desajuste recursos/objetivos

Nos referimos a una clase de interacción contraproducente entre actos de afrontamiento, del tipo contraindicación, consistente en mantener los mismos objetivos en el Plano Tarea, aunque hayan cambiado las condiciones objetivas para alcanzarlos como consecuencia de lo ocurrido en el Plano Salud, para que no se alteren el Statu Quo o las condiciones personales de ajuste relativas al Plano Self (autoimagen, valoración social).

Así, por ejemplo:

  1. si al salir del cine con los amigos tengo por costumbre discutir sobre la película y suelo participar activamente;
  2. si por razones x sufro en la actualidad un trastorno ansioso que compromete mi capacidad de atención y concentración;
  3. si temo que mis amigos adviertan que estoy ansioso, espeso, me consideren por ello menos normal, seguro o autosuficiente de lo que me consideraban; entonces es probable que opte por mantener, al menos en apariencia, unos objetivos de rendimiento y desempeño equiparables a los habituales cuando no me pasaba nada, cuando no estaba como ahora parcialmente incapacitado, de forma que no se ponga en riesgo o entredicho la imagen, el cartel que para ellos tengo hasta la fecha. El problema está en que no he podido seguir la película como otras veces, mucho menos analizarla y, para remate, tengo menos capacidad de respuesta o me fatigo antes. Por un día puedo poner una excusa, pero si el problema dura en el tiempo y además me ven raro en otros aspectos….

Este problema que resulta de fácil manejo cuando se padece una enfermedad física, corta y socialmente bien entendida y aceptada, es complicado para el caso de la ansiedad y otros problemas psicológicos, que no reúnen esas características.

Si estamos con gripe, hemos dormido mal y estamos doloridos, bastante hacemos con salir con los amigos al cine o ir a trabajar. No nos exigimos estar tan activos, participativos, fluidos, efectivos y eficaces como siempre. A pesar de lo cual no tememos que se ponga en duda nuestra laboriosidad, agudeza intelectual o integridad. Sin embargo, en la ansiedad, mal entendida socialmente, tomada como signo de debilidad personal o falta de control; acompañada a veces de miedos irracionales incomprensibles para el propio sujeto, de sensaciones de extrañeza y cambio de carácter; de duración larga, lo que lleva en ocasiones a perder el límite entre lo que se es y lo que se padece; difícil de explicar, a no ser que se entre en detalles personales o íntimos que por otro lado se desea preservar … En la ansiedad decimos, los efectos incapacitantes (o simplemente sus síntomas), pueden considerarse como delatores y amenazantes para el sostenimiento de la imagen social de solvencia, responsabilidad, competencia, autocontrol, etc.

Tales circunstancias llevan muchas veces a la evitación de determinadas ocasiones, y, si no podemos permitírnoslo, mantenemos la exigencia de logros y objetivos sin ajustarla a las limitaciones de medios y condiciones. De este modo no sólo no se centra el esfuerzo en normalizar estos últimos, sino que los empeoramos como consecuencia de que dicho proceder genera tareas irresolubles, ante las que necesariamente se fracasa, con el consiguiente aumento de la ansiedad.

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Fuente: J. Carlos Baeza. Clínica de la Ansiedad, 2006.

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Interacciones contraproducentes

Ansiedad: Soluciones búmeran

Nos referimos aquí a diversas actividades que son momentáneamente reductoras de la ansiedad, por diversas razones, pero que a medio plazo contribuyen a incrementar la ansiedad, o dificultan el establecimiento de procedimientos alternativos más adecuados.

Se trata de comportamientos por otro lado normales, necesarios, y positivos, pero que emitidos abusivamente y como forma básica de controlar la ansiedad, se desvirtúan, se vuelven contraproducentes y se producen de modo compulsivo: hiperactividad (o híper-ocupación); adormecimiento; ingesta o sexo compulsivos; abuso de videojuegos, máquinas tragaperras, ordenador, internet; consultas a videntes, etc.

Hiperactividad o híper-ocupación

Algunas personas con ansiedad tienden a generar un ritmo frenético de actividad en prácticamente todos los ámbitos en los que se ocupan (trabajo, relaciones sociales, ocio). Tienen su agenda llena de compromisos, gestiones, tareas, siempre urgidos por la prisa, e inmersos en medios y contextos demandantes. En el tiempo libre -que en realidad se trata de no tener- se llenan de actividades y obligaciones, a ser posible interactivos, poco mecánicos y que requieran movimientos.

En el fondo, aunque no son plenamente conscientes de ello, se trata de no parar quieto, de no tener la cabeza desocupada, de disponer acción contra pensamiento, de forma que no tengan ocasión de venir a la mente preocupaciones, temores, cuestiones personales no resueltas, que, si aparecieran, generarían angustia en sus diferentes manifestaciones.

En cierto modo, se trata de buscarse urgencias, para no plantearse y afrontar lo importante o inquietante. Son personas que cuando paran se sienten peor, por la razón que acabamos de aducir, y porque las condiciones de estrés a que someten al organismo favorecen, al desactivarse y salir de la situación de sobre-esfuerzo, la aparición de diversos reajustes fisiológicos que ocasionan molestias: dolores de cabeza, aturdimiento, fatiga, molestias digestivas, etc. Algunos especialistas en ansiedad y estrés hablan, al respecto, del enfermo de fin de semana. Algunas personas, frente a este problema, tienden a resolverlo mediante una huida hacia delante, aumentando la actividad y generando progresivamente más condiciones de estrés que, tarde o temprano, llevarán a una situación explosiva, crítica e insostenible.

Adormecimiento

Otra forma de tratar de desconectar y quitarse de encima los pensamientos negativos, anticipaciones amenazantes, ideas intrusivas y desasosegantes, es cambiar el estado de conciencia. A veces se recurre al consumo de substancias para conseguirlo. Pero no vamos a referirnos aquí a esta cuestión, tratada ya en otros documentos de eta web. Nos referimos en este caso, al paso de la conciencia vigil al sueño, fuera de los horarios establecidos para dormir. Algunas personas del grupo citado anteriormente al hablar de la sobre-actividad, recurren también a este procedimiento: o están híper-ocupados o duermen. Otras personas, sin embargo, procuran reducir al máximo las actividades y compromisos de todo tipo, y tienden a adormilarse tumbándose en el sofá o en la cama. Este procedimiento es inducido normalmente por la propia persona de manera voluntaria, disponiendo las condiciones adecuadas para su ocurrencia, sin embargo en algunas casos es un mecanismo automático de defensa. Es característico, a este respecto, el caso de algunos estudiantes a quienes, cuanto más cerca están de los exámenes, más les invade una intensa sensación de sueño, a pesar de haber dormido lo suficiente y ser personas estudiosas, voluntariosas e interesadas en la materia.

Las personas que recurren con frecuencia y regularidad a este procedimiento, acaban por hacer una vida de casi-convalecientes que paraliza más, si cabe, el desarrollo de su vida social, familiar, etc., lo que a la larga genera o agudiza conflictos e insatisfacciones, a la par que intensifica en sentimiento y rol de enfermo.

Videojuegos, tragaperras, ordenadores, internet

Dentro de las actividades que generan efectos evasivos, tienen singular importancia, y son relativamente comunes, el uso abusivo o compulsivo de juegos electrónicos, internet, o máquinas tragaperras. Se trata de actividades absorbentes, interactivas, de respuesta inmediata y rápida, envolventes, con muchos elementos de reclamo sonoros y visuales, capaces de alejarnos de nuestra propia realidad, aislándonos del entorno y de nuestros propios pensamiento.

Consultas a videntes, tarot y otros

La incertidumbre es una de las cosas que puede generar más ansiedad a algunas personas. La incerteza sobre el posible cumplimiento o no de deseos o temores, la impaciencia, las dudas, las desconfianzas, la indecisión, se viven a veces como obsesionantes e insufribles. Algunas personas, acuciadas por esta angustia, tratan de reducirla buscando respuestas, adivinaciones, y conocimiento a través de consultas a videntes, tarotistas y otros profesionales exotéricos. La respuesta obtenida puede aliviar momentáneamente la angustia y detener el alubión de pensamientos que la acompañan. Sin embargo ese efecto es corto, y además, puede generarse una necesidad de recurrir a dicho procedimiento de manera cada vez más frecuente e impulsiva. Más allá de los posibles costes económicos, se produce una falta de confianza cada vez mayor en la propia capacidad de discernimiento y decisión, pérdida de autonomía y mayor dependencia de terceros.

Ingesta compulsiva

La ingesta de comida, por sus efectos vagotónicos, puede producir un alivio momentáneo de los síntomas de ansiedad, angustia e insatisfacción. Algunas personas, para paliar un estado emocional desagradable (estrés, aburrimiento, ansiedad, depresión, ira, y soledad), recurren a la comida. Suele tratarse de episodios de ingesta excesiva de alimentos, que se vive como descontrolada. No suele darse conductas purgativas (vómito, uso de laxantes). Antes y después de estos atracones hay un estado afectivo negativo, donde predomina la ansiedad elevada o el estrés. En estos extremos, la ingesta ya no responde a factores nutriciones y de placer gastrónomico-social. El atracón sirve para relajar este estado de tensión. Pero si se usa habitualmente esta estrategia, la autoestima se ve afectada, aparecen hirientes sentimientos de culpa y el mismo estado que se quiere evitar tiende a empeorar.

Otros

El sexo compulsivo, las compras compulsivas, el ejercicio físico excesivo, podrían ser otras de las conductas que, inicialmente destinadas a combatir los pensamientos importunos y la ansiedad, terminan por repetirse sin control y fuera de su motivación básica y originaria: el sexo ya no responde a necesidades de satisfacción sexual, se compran ropas u objetos que no se utilizarán, etc.

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Fuente: J. Carlos Baeza Villarroel. Clínica de la Ansiedad 2008.