Premonición o simple miedo

Las emociones no son un adorno sentimental o simples acompañantes del pensamiento. Tienen la importante función de propiciar determinadas acciones: la rabia, conductas hostiles; el amor, conductas de acercamiento y cuidado; el miedo, conductas de evitación-huida.

El miedo cuenta para ello con importantes recursos  y argumentos disuasorios entre los que destaca la representación anticipada, mediante imágenes o pensamientos, de lo temido en su expresión más drástica. Estos eventos anticipatorios –si el miedo está para propiciar la evitación, las funciones anticipatorias son imprescindibles- son simplemente una señal o recordatorio de las consecuencias temidas, potenciadores de la evitación.

Sin embargo, suelen tomar la apariencia, o muchas personas las toman por tal, de premonición o presentimiento. En ese sentido, esas corazonadas son tomadas como informativamente relevantes, como si algo o alguien nos estuviera dando un chivatazo que nos pusiera en el secreto de lo que está por venir. Se confiere así a esos fenómenos un valor de verdad intuitiva, que otorga más verosimilitud y credibilidad a los supuestos imaginados, y aumenta la atribución de probabilidad subjetiva de que ocurra lo temido.

He ahí un poderoso mecanismo del miedo para para favorecer el tipo de funciones y conductas que le corresponden: la evitación.

Las intuiciones o presentimientos, que en el ámbito de lo social e interpersonal, o en el propio de las expectativas que se auto-cumplen, pueden tener cierto valor de conocimiento o señal indicadora por complejos mecanismos inconscientes o subliminares que no somos capaces de justificar racionalmente, carecen de ese valor y sentido en el caso de las fobias.

Ansiedad y pánico. ¿Un riesgo para la salud cardiovascular?

“…Me dijeron que era ansiedad… pero ¿y si no fui bien diagnosticado?”…. “De acuerdo, esta vez no, pero si me vuelve a pasar seguro que tendré un ataque al corazón”…. “Esto no es normal, me preocupa estar sobrecargando mi organismo y acabar enfermo del corazón”.

Con frecuencia estas cuestiones son planteadas por personas que sufren trastorno de pánico . Habitualmente estos pacientes acuden a urgencias aquejados de malestar o dolor torácico, taquicardias y sensación de falta de aire. Allí son explorados con mayor o menor profundidad para finalmente ser informados de que lo suyo ha sido “sólo ansiedad”. Se calcula que alrededor del 20% de personas que ingresan de urgencia por dolor torácico, están sufriendo un ataque de pánico. La intervención más frecuente consiste en la administración de un tranquilizante y la recomendación de reducir el nivel de estrés.

Pero quien haya pasado por la experiencia de sentir que ha estado al borde de la muerte no suele contentarse con esa explicación. La intensidad de los síntomas ha sido tal que la persona duda de que el diagnóstico haya sido acertado y siente que se ha librado por muy poco de una consecuencia fatal. Si el estado de ansiedad persiste y la persona sufre nuevos ataques de pánico, puede ser derivada al psiquiatra o psicólogo, quien inicialmente explica la fisiología de la ansiedad y la similitud con los ataques al corazón. Sin embargo, aunque el paciente aprenda a reconocer que sus síntomas son producto de la ansiedad, habitualmente persiste en el miedo a estar deteriorando su sistema cardiovascular por la repetición de los ataques de pánico.

Recientemente Caldirola y cols. (2016) realizaron una revisión sistemática de investigaciones sobre la conexión entre el trastorno de pánico (TP) y los trastornos cardiovasculares (TC). En general, se sugiere que la susceptibilidad al pánico puede jugar algún papel en la aparición de cardiopatía arterioesclerótica (patología aguda que incluye la angina estable e inestable y el infarto de miocardio). También se ha intentado relacionar la aparición de arritmias con el pánico, pero tan solo en un estudio se ha encontrado una asociación entre las palpitaciones benignas y el TP.

Las afirmaciones precedentes no significan que el pánico sea un factor de riesgo cardiovascular por sí mismo. La naturaleza de la asociación entre ansiedad y cardiopatía no se encuentra claramente establecida. Por una parte, existen mecanismos directos (fisiológicos) que comparten TP y TC. En los pacientes con pánico se ha observado una regulación autonómica desequilibrada (baja actividad parasimpática), reducción insuficiente de la presión arterial e inestabilidad de la frecuencia cardíaca durante el sueño, mayor rigidez arterial y un patrón irregular de respiración con hiperventilación basal. No se ha encontrado evidencia de una alteración específica del electrocardiograma (intervalo QT) que predisponga a la arritmia o a la muerte cardíaca súbita, así como tampoco existen casos documentados de esta última en relación a la ansiedad.

El hecho de que tanto los trastornos de ansiedad como los trastornos cardíacos compartan mecanismos fisiológicos no implica que los primeros sean la causa de los segundos. De manera que no se puede afirmar que una historia de episodios de pánico debilite al organismo y lo aboque a trastornos cardiovasculares. Tal vez podría significar que las personas que tienen vulnerabilidad al pánico también la tienen para los problemas cardiovasculares, de manera que los segundos pueden aparecer en ausencia de los primeros y a la inversa. También parece lógico pensar que quien tiene una patología cardiovascular diagnosticada sea más vulnerable a sufrir ataques de pánico, pues pequeños síntomas pueden ser interpretados como un ataque al corazón de forma que el nivel de ansiedad se dispara rápidamente.

Por último, señalar la enorme importancia de los mecanismos indirectos (comportamentales) que favorecen la aparición de TC en personas con TP. Prácticamente todas las personas que sufren trastornos de ansiedad acaban desarrollando conductas que aunque inicialmente reducen su ansiedad, a largo plazo no sólo la aumentan, sino que favorecen la aparición de otros problemas sociales o de salud. Son las llamadas conductas contraproducentes o búmeran. En el trastorno de pánico, la persona sufre por confundir los síntomas corporales de la ansiedad con condiciones médicas que comprometen su supervivencia. Dichos síntomas producen una aceleración general del organismo (mayor frecuencia cardíaca y respiratoria, inquietud motora, tensión muscular, etc.), por lo que la persona tenderá a reducir su ritmo. Esto implica normalmente la evitación de la actividad física (en ocasiones de una manera drástica), el consumo de substancias depresoras del sistema nervioso (alcohol) y conductas poco saludables como fumar o comer de forma desequilibrada. Este tipo de comportamientos constituye un factor de riesgo bien establecido para el desarrollo de patología cardiovascular.

En conclusión,  no ha podido establecerse  que exista riesgo específico para la salud cardiovascular en pacientes ansiosos. Un problema distinto es cómo afecta la ansiedad a pacientes con afecciones o riesgos cardiovasculares. La relación hallada entre ambos trastornos requiere de un mayor número de estudios y de una mejora metodológica que permita controlar posibles variables de confusión.

Referencia: Caldirola, D. et al. (2016). Journal of Affective Disorders , Volume 194 , 38 – 49.

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Fuente: Ana Muñoz Champel. Psicóloga Especilista en Psicología Clínica.  Clínica de la Ansiedad. Psicólogos en Madrid y Bacelona

La hora de preocuparse ¿Una pauta pueril?

Solemos decir que la ansiedad no nos deja concentrarnos en una conversación, en ver la televisión, en una lectura o en el trabajo. Sin embargo, los sistemas encargados de la gestión de amenazas de nuestro cerebro tienen otra opinión: lo que constituye una distracción es leer, conversar, o ver la televisión, si hay declarado y sin controlar algún incendio. Entiéndase de manera real o metafórica.

Dicho sistema de gestión de amenazas considera que los recursos de atención, procesamiento de datos y respuesta, en caso de conflicto o incompatibilidad entre tareas, han de disponerse preferentemente al servicio y resolución de los asuntos de consecuencias más amenazantes. Si no lo hacemos así, entiende que estamos siendo imprudentes y, cambiando el orden de valores y prioridades, actuando de modo inseguro. En ese caso, en la pantalla de nuestra conciencia, vamos a recibir automáticamente una serie de avisos y recordatorios, en forma de pensamientos, imágenes o sensaciones, que vienen a decirnos “no te olvides del peligro”, «¡ojo con el incendio!”, “Sí, sí…tu fíate de la Virgen y no corras…”.

Si, por ejemplo, soy hipocondríaco, siento mi salud seriamente amenazada, el resto de cosas pareciera no tener tanta importancia y, aun cuando las haga y me ocupe de ellas, los pensamientos, imágenes y sensaciones importunas me tomaránn al asalto, urgiéndome a entrar en ellos. Cuanto más angustiados estemos por el incendio y sus consecuencias, más persistentes e insidiosos serán esos avisos, que, naturalmente, quisiéramos que se fueran y no nos importunaran.

Volviendo al ejemplo, ¿tendría el presunto problema de salud peor evaluación, peor pronóstico, peor tratamiento, o consecuencias, si en lugar de contestar a esas inquietudes perturbadoras ahora, en el momento en que me asaltan, lo pospongo a un momento del día fijado previamente, y allí lo planteo, lo desarrollo, decido qué pasos seguir o no. Parece que la respuesta es no. Sin embargo, siento la urgencia, la prioridad absoluta de hacerlo ahora, de entrar en las bases de datos de internet o de mi cabeza y activar la búsqueda “dolor de cabeza y tumor cerebral”. De entre todos los resultados u ocurrencias ¿Cuáles me saltan a la vista y me quedan grabados a sangre y fuego? Los más desfavorables. Los peores. ¿Cómo salgo de esa consulta, más o menos angustiado que antes? Más angustiado. Pero yo no entre para eso, entré para tranquilizarme. El resultado, sin embargo, es más angustia, más avisos importunos. ¿Qué ha pasado?. Me digo a mi mismo que he estado ocupándome del cáncer (su detección, sus consecuencias). No es verdad. Podría hacerlo en otro momento sin merma de su estudio, afrontamiento y resultados. No es eso lo que explica la urgencia, la impulsividad, que me lleva a pensarlo precisamente ahora, máxime cuando paralélamente tengo otras tareas entre manos. En realidad me estoy ocupando de la angustia que me produce el asunto. Y esa angustia, que me atormenta, no puedo aplazarla, la siento ya, aquí, ahora. He elegido el momento de hurgar en el asunto no en función de sus necesidades y requerimientos, si no en función del estado emocional asociado, que de hecho es el que quiero regular. Y sería, ¿por qué no?, un objetivo legítimo. El problema es que esa manera de proceder empeora mi estado emocional. El mismo estado emocional que me está lanzando las preguntas importunas y hasta capciosas, me va a dictar la respuesta. En esa tesitura las preguntas son inquietantes, pero las respuestas lo son tanto o más. Las posibilidades de generar respuestas objetivas disminuyen, las de generar respuestas ansiógenas aumentan.

Podemos concluir, pues, que elegir el momento de atender las preocupaciones en función del estado emocional del momento puede ser un error, de consecuencias indeseables. Sin embargo, es cuando tenemos más tendencia o necesidad de hacerlo porque queremos quitarnos de encima el malestar que experimentamos. Ahí está el truco de la hora de preocuparse, un momento del día fijado de antemano, lejos de la hora de ir a dormir. Nos garantiza que novamos a elegir el momento de ocuparnos de las preocupaciones en función del estado emocional. En cierto modo podemos consideran esta pauta como un procedimientos de gestión emocional, no solo del pensamiento.

Un símil y una pregunta finales. Si tuviéramos una herida –pongamos aquello que origina nuestra ansiedad- que nos produce dolor y mucho picor –pongamos las manifestaciones de la propia ansiedad-, ¿Elegimos el momento de curar la herida en función de cuándo nos duele o nos pica?. Rascarse y toquetear la herida cada vez que nos pica o duele, con más ahínco si el dolor y en picor son mayores ¿reduce el dolor y el picor a medio y largo plazo, o siquiera a corto?.

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