Ansiedad y pánico. ¿Un riesgo para la salud cardiovascular?

“…Me dijeron que era ansiedad… pero ¿y si no fui bien diagnosticado?”…. “De acuerdo, esta vez no, pero si me vuelve a pasar seguro que tendré un ataque al corazón”…. “Esto no es normal, me preocupa estar sobrecargando mi organismo y acabar enfermo del corazón”.

Con frecuencia estas cuestiones son planteadas por personas que sufren trastorno de pánico . Habitualmente estos pacientes acuden a urgencias aquejados de malestar o dolor torácico, taquicardias y sensación de falta de aire. Allí son explorados con mayor o menor profundidad para finalmente ser informados de que lo suyo ha sido “sólo ansiedad”. Se calcula que alrededor del 20% de personas que ingresan de urgencia por dolor torácico, están sufriendo un ataque de pánico. La intervención más frecuente consiste en la administración de un tranquilizante y la recomendación de reducir el nivel de estrés.

Pero quien haya pasado por la experiencia de sentir que ha estado al borde de la muerte no suele contentarse con esa explicación. La intensidad de los síntomas ha sido tal que la persona duda de que el diagnóstico haya sido acertado y siente que se ha librado por muy poco de una consecuencia fatal. Si el estado de ansiedad persiste y la persona sufre nuevos ataques de pánico, puede ser derivada al psiquiatra o psicólogo, quien inicialmente explica la fisiología de la ansiedad y la similitud con los ataques al corazón. Sin embargo, aunque el paciente aprenda a reconocer que sus síntomas son producto de la ansiedad, habitualmente persiste en el miedo a estar deteriorando su sistema cardiovascular por la repetición de los ataques de pánico.

Recientemente Caldirola y cols. (2016) realizaron una revisión sistemática de investigaciones sobre la conexión entre el trastorno de pánico (TP) y los trastornos cardiovasculares (TC). En general, se sugiere que la susceptibilidad al pánico puede jugar algún papel en la aparición de cardiopatía arterioesclerótica (patología aguda que incluye la angina estable e inestable y el infarto de miocardio). También se ha intentado relacionar la aparición de arritmias con el pánico, pero tan solo en un estudio se ha encontrado una asociación entre las palpitaciones benignas y el TP.

Las afirmaciones precedentes no significan que el pánico sea un factor de riesgo cardiovascular por sí mismo. La naturaleza de la asociación entre ansiedad y cardiopatía no se encuentra claramente establecida. Por una parte, existen mecanismos directos (fisiológicos) que comparten TP y TC. En los pacientes con pánico se ha observado una regulación autonómica desequilibrada (baja actividad parasimpática), reducción insuficiente de la presión arterial e inestabilidad de la frecuencia cardíaca durante el sueño, mayor rigidez arterial y un patrón irregular de respiración con hiperventilación basal. No se ha encontrado evidencia de una alteración específica del electrocardiograma (intervalo QT) que predisponga a la arritmia o a la muerte cardíaca súbita, así como tampoco existen casos documentados de esta última en relación a la ansiedad.

El hecho de que tanto los trastornos de ansiedad como los trastornos cardíacos compartan mecanismos fisiológicos no implica que los primeros sean la causa de los segundos. De manera que no se puede afirmar que una historia de episodios de pánico debilite al organismo y lo aboque a trastornos cardiovasculares. Tal vez podría significar que las personas que tienen vulnerabilidad al pánico también la tienen para los problemas cardiovasculares, de manera que los segundos pueden aparecer en ausencia de los primeros y a la inversa. También parece lógico pensar que quien tiene una patología cardiovascular diagnosticada sea más vulnerable a sufrir ataques de pánico, pues pequeños síntomas pueden ser interpretados como un ataque al corazón de forma que el nivel de ansiedad se dispara rápidamente.

Por último, señalar la enorme importancia de los mecanismos indirectos (comportamentales) que favorecen la aparición de TC en personas con TP. Prácticamente todas las personas que sufren trastornos de ansiedad acaban desarrollando conductas que aunque inicialmente reducen su ansiedad, a largo plazo no sólo la aumentan, sino que favorecen la aparición de otros problemas sociales o de salud. Son las llamadas conductas contraproducentes o búmeran. En el trastorno de pánico, la persona sufre por confundir los síntomas corporales de la ansiedad con condiciones médicas que comprometen su supervivencia. Dichos síntomas producen una aceleración general del organismo (mayor frecuencia cardíaca y respiratoria, inquietud motora, tensión muscular, etc.), por lo que la persona tenderá a reducir su ritmo. Esto implica normalmente la evitación de la actividad física (en ocasiones de una manera drástica), el consumo de substancias depresoras del sistema nervioso (alcohol) y conductas poco saludables como fumar o comer de forma desequilibrada. Este tipo de comportamientos constituye un factor de riesgo bien establecido para el desarrollo de patología cardiovascular.

En conclusión,  no ha podido establecerse  que exista riesgo específico para la salud cardiovascular en pacientes ansiosos. Un problema distinto es cómo afecta la ansiedad a pacientes con afecciones o riesgos cardiovasculares. La relación hallada entre ambos trastornos requiere de un mayor número de estudios y de una mejora metodológica que permita controlar posibles variables de confusión.

Referencia: Caldirola, D. et al. (2016). Journal of Affective Disorders , Volume 194 , 38 – 49.

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Fuente: Ana Muñoz Champel. Psicóloga Especilista en Psicología Clínica.  Clínica de la Ansiedad. Psicólogos en Madrid y Bacelona

Comentarios

  1. Omar urrutia

    Gracias por compartir su información. Soy un hombre de 33 años y padezco de trastorno de ansiedad generalizada y obsesión compulsiva. Quisiera que me brinden su apoyo.

    Gracias.

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